Hablan los padres

La decisiva influencia del profesor

   Todos sabemos lo sensibles e intuitivos que son los niños de altas capacidades y la facilidad con la que pueden captar las emociones de la gente que les rodea. Esto es especialmente aplicable al caso de su profesor, con quien pasan una buena parte de su tiempo al cabo del día.

   Si un profesor es amante de su profesión y enseña con entusiasmo, los niños lo notarán; si lo hace con desgana, también. Así, si a un maestro de verdad le gusta enseñar, explicará en clase con entusiasmo, hará que sus alumnos deseen aprender. De esa manera, cuando los alumnos más indagadores le hagan las "consabidas preguntas", se las contestará encantado de que le estén prestando tanta atención y de que sus palabras les sugieran nuevas preguntas, reflexiones, etc.

   Cuando, al terminar la clase, los alumnos ven que el profesor continúa ofreciéndoles su colaboración para saciar su (insaciable) curiosidad, proporcionándoles nuevas respuestas, consejos, bibliografía, fuentes donde puedan conseguir más información y, en suma, ven que el profesor se interesa por ellos, lo valoran en gran medida.
   Un profesor que potencie el interés por aprender y la autoestima de esos niños (generalmente baja), marcará para siempre su trayectoria estudiantil. ¿A quién no le ha dejado huella un buen profesor?

   Por el contrario, cuando un docente no disfruta de su profesión, si para él su trabajo es pura rutina, impartirá las clases de manera monótona, repetitiva y poco amena. Los alumnos lo percibirán de forma instantánea (recordemos que los superdotados son muy sensibles), y entonces empezarán los problemas.
   Por un lado, estos niños, al aburrirse, se pondrán a pensar en "sus cosas", con lo que nos dirán que "están ausentes en clase y no hacen nada". Por otro pueden, también a causa del aburrimiento, "incordiar" al profesor haciéndole preguntas sobre el tema, aportando más información, a veces corrigiéndole (lo cual hace que el maestro sienta "amenazada" su autoridad delante del resto de la clase). De ahí que recurra a "estrategias defensivas" como tildar a estos niños de "impertinentes", "inoportunos", "listillos", "sabelotodos", "enciclopedias", etc.
   Esto crea una situación insostenible para los niños, que lo pasan muy mal; y cuando no pueden más, se niegan a ir a clase, pierden el interés por aprender, empiezan a sacar malas notas y no les importa, con lo que caen en el tan cacareado "fracaso escolar" y en depresiones muy difíciles de superar. Todo esto nos lleva a pensar que, si tienen suerte con los profesores que les toquen, serán niños felices; y si no la tienen, están destinados ellos y sus familias a sufrir en la etapa escolar de una forma absurda y lamentable.

   ¿Cuántas veces les hemos dicho al ir al colegio, para evitar estos problemas, "no preguntes", "no hables", "calladito, por favor", etc., siempre coartando su personalidad? ¿No es muy triste? ¡A mí me lo parece!
   A nuestra familia le ha cambiado la vida de tal forma que creo que la superdotación, por lo menos en España, es un flaco favor que la naturaleza les ha concedido a estos niños.

Una madre