Hablan los especialistas
Singularidades
en la educación de los niños bien dotados:
Prevenciones de los padres
D. Félix E. González Jiménez
Profesor titular de la U.C.M.
La pretensión manifestada en las líneas que siguen es sencilla y se desarrolla en torno a consideraciones referidas a qué hacer y evitar en algunos aspectos de la educación de unos niños, hijos para quienes más cerca los tienen, con buenas dotaciones intelectuales.
Es posible que lo más necesario inicialmente consista en conseguir que no
sean utilizados o que lo sean sin escrúpulos. En realidad pueden considerarse como un
valor de primer orden, excepcional, porque poseen cualidades cuya explotación puede ser
altamente beneficiosa para intereses concretos de la avidez social. La caza de talentos es
una expresión bien conocida en nuestro tiempo.
Y esa caza comienza pronto, diríase que parte de ella estriba en una
detección temprana, debidamente orientada, de aquellas cualidades. Detección que se
transforma en selección mediante procedimientos afines a los intereses sociales citados,
espurios para los "cazados", y que predispone ya el comienzo de una elección
dirigida a propiciar la explotación de los niños bien dotados. Pero bien dotados ¿para
qué? El niño superdotado no tiene en sí algunas características que, más tarde las
formas de vida le contagian; a veces porque son los padres los que les transfieren esas
cualidades de su comportamiento posterior (Freeman) ¿Bien dotados, entonces, para una
acción mimética con respecto a ciertas tendencias sociales?
Todos los niños son pura actividad vital en sus procesos, con una reserva
potencial de desarrollo y de previsibilidad altamente indeterminada, si no se introducen
sesgos interesados desde el comienzo. La cautela de los padres al servicio de una buena
educación es una inestimable condición para encaminar bien aquellos procesos; cautela
que se orienta acertadamente si el niño o el adolescente --en ocasiones él mismo
puede haber ocultado astutamente sus cualidades hasta la juventud-- es conducido sincera y
prudentemente hacia el conocer humano en su más noble acepción.
Pero a los padres les gusta conocer y disfrutar con orgullo esa buena
dotación que diferencia a sus hijos positivamente y en la que, natural y lógico, tienen
parte muy importante. Y entonces puede ocurrir que, carentes de la oportuna y suficiente
información, presten oídos a aquello que mejor les suena, sonido que alguien se ocupará
de acompasar con datos cuyo eco social se ofrece endulzado con promesas brillantes. En
este sentido puede ser esperanzador que, como dice Einstein, "la continuidad y la
salud de la humanidad dependan en grado aún mayor que antes de las instituciones de
enseñanza". Para ello será necesario que estas instituciones ejerzan la función
crítica que les corresponde sobre las tendencias sociales.
Y aquellas promesas brillantes, más brillantes que realmente beneficiosas
porque aun no siendo malas en sí lo son más tarde por sus consecuencias, acaban poniendo
a los seres humanos valiosos al servicio casi exclusivo de una productividad inmediata, y
lo hacen de manera eficaz y eficientemente, cuando esas personas podían haber servido a
otros fines más estimables y trascendentes, incluso para la misma productividad.
Las razones de que esto suceda así son varias y complejas. Puede
considerarse que la más importante está íntimamente relacionada con un olvido o
malversación del poder educativo de lo generalmente denominado "conocimiento
humano". Este conocimiento se construye en cada persona sucesiva e irremediablemente;
pero todas esas construcciones no son igualmente significativas. Lo hecho a lo largo de la
historia y lo que se va conformando en cada ser humano son determinantes para lo que se ha
de seguir haciendo. De aquí la trascendencia de los fundamentos y de los métodos del
propio conocer. A los niños bien dotados, independientemente de la conciencia que tengan
de ello, esto es lo que les interesa; el resto lo hacen con el impulso y el dominio de la
acción lógica que la capacidad de hacer que ellos van poseyendo les otorga.
¿Qué hacer entonces? Es útil recurrir a personas excepcionalmente dotadas,
cuyo pensamiento coincide en gran medida con lo hasta ahora expuesto, advirtiendo sobre la
oportuna, posible y pertinente cautela. Volviendo al tema de la evitable explotación de
los niños bien dotados, ¿en qué se nota que aquella caza no es buena en sí y en sus
fines? En que en ella se olvidan aspectos fundamentales para la vida de los seres humanos.
Así, no suele importar a las instituciones que preparan para la eficacia y eficiencia
antes citadas, cuál y cómo sea la parte del conocimiento que se refiere a la estima de
los demás y al noble compromiso personal de contribuir a la calidad de las formas de
vida, hoy consideradas simplemente como un insatisfactorio "estado del
bienestar". Veamos la cautela al respecto de un buen maestro o padre, que para el
caso ambos valen, y mejor si colaboran, tal y como lo expone Juan Luis Vives en sus Diálogos
Sobre la Educación:
«¿Se puede saber con qué fin te envió a mí tu padre?-- le dice el
maestro al reciente discípulo; y éste le contesta: --Me dijo que tú eres hombre
extremadamente culto y de una educación superior y que sin duda por eso eres persona
grata en esta ciudad. Por eso mismo desea que yo, siguiendo tus mismos pasos, pueda ser
acepto a la gente.»
Y, más adelante, Vives expresa cómo se consigue realmente eso: «luego, la
benevolencia y favor de los demás se conquista, no tanto haciéndoles creer que eres
cortés o noble, sino estimándolos y honrándolos de verdad. Y esto no lo conseguirás
hasta tanto no estén convencidos de que tú los consideras superiores a ti y que son
dignos de tu respeto y cortesía.»
¿Estas ideas son normales en nuestra sociedad o es que ya no valen los
argumentos y preocupaciones de Juan Luis Vives?
El reconocimiento afable y recíproco entre las personas, base de la cortesía, forma parte de la buena calidad del conocimiento humano y, por tanto, se aprende. Los buenos profesores saben enseñarlo con la Lengua, las Ciencias de la Naturaleza, la Historia, etc.; los padres, atentos y comprometidos con la educación de sus hijos, respetuosos con los maestros y exigentes con su trabajo, también saben contribuir a ello; entre otras cosas porque son coherentes con su convencimiento de que ideas como las que expone Vives son altamente gratificantes.
Padres y profesores están persuadidos de que el magisterio de buena
calidad se aprende y de que su ejercicio depende del conocimiento, el interés y el
compromiso que se pongan a contribución.
Veamos cómo la atención de los padres debe afinar en su objeto y
aplicación. Para Santiago Ramón y Cajal, en carta a Ortega Munilla con ocasión de la
Asamblea de Enseñanza de Valladolid (1906), es necesario, inexcusablemente, atender a
la doble misión pedagógica de instruir y educar... para que sean simultáneamente
cultivados la inteligencia y el corazón, el cuerpo y el espíritu. Y esto escribe
don Santiago prácticamente en el mismo momento que don Eduardo Vicenti, en un artículo
premiado por el significado de su contenido, exponía que reinaba "una deplorable
unanimidad respecto a nuestros organismos de enseñanza, y así es que nadie discute y
todos afirman que instruimos poco, que no educamos nada, que el maestro no obtiene fruto
alguno de su trabajo." Respetables opiniones con las que se entiende mal qué es el
conocimiento humano porque, argumentos más propios y justificados en aquella época, con
ellos se separa de la acción de conocer la de educar y, en parte, la de instruir; defecto
maléfico, todavía persistente, que no favorece el hecho cierto de que aprendizajes del
conocimiento matemático, por ejemplo, son altamente educativos.
Pero ni profesores ni padres comparten apreciación tan contundente de la
realidad. Y así, intentan excluirse mutuamente creando separaciones inexistentes y
contraproducentes en la función única y común de educar.
Los profesores han de ser profesionalmente formados --y la "escuela de padres", ¿para cuándo?. Ambos deben saber muy bien de qué se trata en la actividad educativa cuando se habla de aprender matemáticas, ética, estética, física, etc. ¿No afirmamos hoy estas mismas cosas y compartimos idénticos errores? ¿No manifestamos permanentemente ambigüedades sobre el aserto de Einstein de que "la única fuente de respeto del alumno hacia el profesor son las cualidades humanas e intelectuales de éste"? Y si a las "cualidades humanas e intelectuales" agregamos el afecto y el compromiso, actitudes humanas al fin, ¿no hablaríamos de mejores profesionales de la educación y de mejores padres a la hora de educar?
Decía Leibniz que "hay que conseguir que las ideas estén en la mente tal y como la mente las percibe", pero esto depende del percibir, y éste del conocimiento previo, es decir, de la educación. Y la educación depende, en gran medida, de que los padres vivan una inquietud en la que la búsqueda de lasa cualidades positivas --positividad también dependiente de la educación-- ocupe un lugar privilegiado, no importa que ellos no puedan establecer concreciones precisas de ciertos conocimientos en muchos momentos, lo que cuenta es la inquietud poseída y manifiesta que llevará, entre otras cosas, a una permanente relación con la actividad escolar de sus hijos y los resultados que obtienen. Si los aprendizajes en las aulas son buenos, y no hay que escandalizarse porque se den algunos desaciertos --nada mejor, como recordaba Bohr refiriéndose a su maestro Rutherford, que el reconocimiento de un buen maestro, que también lo es a través de sus errores, hacia las virtudes y descubrimientos de sus alumnos-- los escolares si irán acercando a aquel dominio del conocimiento sobre el que antes que nada y sobre todo se asienta y construye la humanidad.
¿Cómo hacemos que ese acercamiento se dé? Considerando que el conocimiento es educativo y lo es para bien --entendido este bien desde unas concretas formas de vida, cada vez más universales, y al servicio del ser humano que las participa-- siempre que se practique y busque mediante un esfuerzo permanente por entender la vida dentro del ámbito general de la naturaleza, y siendo consecuentes con el compromiso prudente y generoso que ese entendimiento conlleva.
El conocimiento tiene manantial esencial en la reflexión sobre los
conceptos y la experiencia derivada de aprendizajes y actitudes que así van fraguando en
cualidades en progresiva perfección. ¿No es esto educación? Creía Feynman que cuanto
había logrado a lo largo de su vida tenía origen, en parte, en una sencilla afición de
su padre, que "estuvo siempre interesado por los trucos de magia de teatro y de feria
y siempre se esforzó en saber cómo funcionaban". Afición descubridora, trabajo
sencillo y constante permitieron que aflorara en su acción, también como padre, la
grandeza de ser y hacer humanos, y éstas fueron el soporte de las cualidades que,
fraguando sucesivamente --así es la actividad educativa sobre la razón-- hicieron de su
hijo uno de los más grandes físicos del siglo XX.
¿Qué padre o profesor se niega a que en él aflore esa sencilla y asequible
grandeza?
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