Hablan los padres

¿Qué les estamos pidiendo a nuestros hijos?

     ¿...Les estamos pidiendo que, cuando con ocho años se leen "La Iliada" y "La Odisea" en edición para adultos, no se lo cuenten al profesor de Lengua? ¿O que cuando con doce años se leen "El Péndulo de Faucault" no hablen de los Templarios con el profesor de Sociales? ¿Por qué? ¿Con qué derecho? ¿Hasta cuándo?

     Cuando unos padres reciben el diagnóstico de que su hijo tiene un elevado C.I. experimentan diversas sensaciones. Por una parte, se explican las preguntas que sobre el más allá o sobre el más acá hasta ahora les había planteado su hijo; entienden el porqué de esa capacidad para la lectura, o esa destreza con las matemáticas o el dibujo que su hijo les había demostrado. También entienden en este momento el porqué de ese aislamiento en el patio de recreo y ese rechazo en el juego colectivo. Pero la sensación más angustiosa es... Y a partir de ahora, ¿qué?

   Si el chico o la chica tiene suerte, les propondrán la aceleración o adaptación curricular y que, de alguna manera, intentarán sobrellevar la situación. Encontrarán profesionales de la enseñanza que se interesen por conocer el tema de cómo tratar a estos niños y, con aceleración o sin ella, con adaptaciones curriculares o sin ellas, le harán más agradable su materia y más fácil la vida en el aula. Realmente éstos son los profesionales que dignifican la profesión de la enseñanza. Pero si la suerte no acompaña al chaval, encontrará profesionales para los que es más fácil y cómodo dar una clase genérica al grupo y terminar ahí sus responsabilidades, que tratar de encauzar la curiosidad de un alumno en su materia dedicándole unos minutos que el niño demanda.
     A partir de aquí surgen las etiquetas. Cuando al niño no se le atiende, se rebela de una u otra manera y comienza el calvario de "es un inadaptado", "no tiene habilidades sociales", "es un engreído"...
     Pero ¿realmente la gente se cree lo que dice de estos niños? ¿O es una manera fácil de echar balones fuera y no aceptar la realidad, cuando no de mingunear al que destaca?
     ¿Quién de ustedes, señores adultos, no conoce a alguien que cuando se ha comprado un coche nuevo lo cacarea como si fuese una gallina? ¿O a alguien que cuando vuelve de un viaje explica a quien se le pone a tiro los sitios donde ha comido con todo lujo de detalles? Por no mencionar a aquellos que cuentan los sobresalientes que sacan sus hijos y lo bien que se parten e l pecho por la banda en un partido.
     Si el sistema educativo no responde a las necesidades de estos niños, que se ponga de manifiesto de una vez. Si algún adulto o compañero se siente incómodo con la capacidad que demuestran estos niños, que se dé la vuelta y se largue, que otro ocupará su puesto. Porque con estos niños, señores, no solamente es que ellos sean superdotados, sino que también son una fuente de enriquecimiento para quienes los rodean.

Benjamín Uceta Fernández