10-MARZO-2001
Estas pequeñas
criaturas viven en lugares donde hay niños y luz; por lo tanto, sus sitios
favoritos son: Los parques y los pueblos. Son tan pequeñines que solo se pueden
ver cuando están juntos. Si abres la ventana en un día soleado, ves como unos
polvitos (o eso creemos observar); estás viendo Sphoonies en una celebración.
Ellos también tienen algunas costumbres como las nuestras: Las bodas, los
bautizos y el vino. Tienen un idioma (como era de esperar) distinto al nuestro.
Además, hacen gestos al hablar.
Esta Historia trata de
la casi extinción de los Sphoonies.
En una tarde de
primavera, Cadmio y Esmeralda (cada Sphoonie se llama según el color de piel:
Cadmio es amarillo y Esmeralda es verde) conversaban sobre los tristes aires
(humo) que últimamente habían pasado por allí, provocando la enfermedad de
las toses profundas. Los grandes ojos verdes de Esmeralda, no brillaban como de
costumbre; habitualmente, reflejaban el optimismo por el cual todos la querían.
Cadmio también tenía el semblante preocupado y aunque siempre superaba a su
amiga en seriedad, esta vez se notaba que el gesto de su cara no presagiaba nada
bueno. A ellos no les había afectado esta terrible enfermedad. Tenían que
enfermedad estaba padeciendo la gente del campamento de Sphoonies, pero había
un problema:
El grupo de los S.M.A. (Sphoonies,
Mayores, Autoritarios) no dejaría a un Sphoonie de ≏ (15
años) y otra de & (13 años) que vayan a explorar los alrededores en busca
de una solución. Aunque Esmeralda ya sabía que hacer; aquella misma noche,
ellos no se levantaron hasta que los demás se hubieron dormido. Quedaron en la
“hoja brillante” con sus equipos negros de camuflaje, puesto que Esmeralda,
tenía un color verde muy brillante y Cadmio era de un amarillo muy llamativo.
Se reunieron para emprender un largo viaje a lo desconocido...
Los antepasados
Sphoonies, jamás habían recorrido el pueblo que estaba al lado del árbol
gigante; podían vivir tan sólo con las risas que se oían de niños, aunque últimamente
no se escuchaban tanto. Recorrer el pueblo era muy peligroso: Los humanos eran
seres enormes y muy misteriosos; ¡se contaba que de un solo manotazo, uno de
ellos podía eliminar a toda una comunidad Sphoonie!
Así, cada grupo, se
aloja en algún árbol cercano a un pueblo o a un parque: Así estarían cerca
de los niños aunque estos no los vieran. Y ahora ellos, Esmeralda Fug y Cadmio
Riton, iban a adentrarse en el pueblo. Se armaron de valor y siguieron adelante;
pero cuando llegaron, desearon no
estar allí.
Muchos tubos colgaban de
otros, el aire triste que había afectado al pueblo, estaba por todas partes.
Los Sphoonies Cadmio y Esmeralda, se empezaron a encontrar fatal. Descubrieron
de donde venían los humos: Altas chimeneas ocupaban casi todo el espacio de
este raro lugar. Todo era horrible, Cadmio no sabía que hacer. Si se iban al árbol
y no decían nada, todos morirían por culpa de las toses profundas. En cambio, si
decía lo que estaba pasando, los demás sabrían que ellos habrían estado allí,
aunque se salvarían. Sin embargo, la suerte llegó inesperadamente al siguiente
día:
Siena (marrón), una
chica joven pero de confianza para los mayores, les confesó que les había
visto salir la noche anterior. Ella estaba culpándose por no habérselo
impedido. “Pero pase lo que pase” afirmó ella, “os apoyaré”. Entonces
a Esmeralda, se le ocurrió que gracias a Siena, los mayores les creerían. ¡Todo
estaría solucionado! ; y acertó. Los Sphoonies mayores lo pudieron comprobar
por ellos mismos; sólo quedaba un “pequeño detalle” ¿Cómo eliminarían a
aquel monstruo? (Se referían a la fábrica). Hubo semanas de pensamiento.
Cadmio, que se había salido de sus casillas de tanto pensar, fue la única
persona a la que se le ocurrió una buena idea (aunque no se lo contó a nadie).
Fue a escondidas al pueblo, esta vez con todo el valor del mundo, pues sabía
que esto ayudaría a su hermano menor, Cobalto, que era el que más enfermo
estaba. Vio a un niño que jugaba con un avión y se dirigió a él. Cadmio, que
era muy alto comparado con los otros Sphoonies, se sintió bajísimo. Le empezó
a hablar; el niño estaba muy confundido, pues no podía ver al que le hablaba. Fuese quien fuese, ni siquiera se había presentado. Al final,
cuando se presentó y le explicó todo sus problemas, el niño empezó a
comprender; tenía que ayudarles. “Quizá pueda ayudaros” afirmó “mi
padre es el dueño de la fábrica; la quitará, aunque muchos trabajadores se
quedaran sin dinero”.
A la mañana siguiente,
Cadmio fue otra vez al pueblo para encontrarse con el niño. Este había
conseguido que su padre decidiera trasladar la fábrica. Así, los trabajadores
seguirían ganando dinero y a los Sphoonies no les afectaría el humo. El pueblo
volvería y así podrían oír las risas de los niños. La cosa no podía haber
salido mejor: Habían defendido lo que les pertenecía y habían salido ganando.
Beatriz Rodríguez
Porrero (10 años)