12 de marzo de 2001
Querida “AEST”:
Soy Teresa de Ledesma,
una antigua socia.
Ahora tengo dieciséis años y creo que
he pasado mis peores etapas
como superdotada. Puedo decir que me habéis ayudado mucho, so no a mí
directamente, a mis padres, a entender mejor mi situación, a saber llevarla y
yo personalmente, he disfrutado enormemente con las salidas que habéis
organizado.
Hace poco, releyendo
vuestra revista, me di cuenta de todo esto y pensé que igual que yo he recibido
vuestra ayuda, a mí también me gustaría ayudar a niños que se encuentren en
la situación en que yo estaba: tristes, sintiéndose diferentes...
Por eso escribí el texto
que os envío; me encantaría, aunque ya no sea socia, que lo publicarais, o por
lo menos, que lo tuvierais en cuenta, ya que es exactamente como me he sentido y
como me siento.
A mí, me ayudó conocer
gente con mis problemas, o mejor aún, gente que los tuvo y los superó. Quizás
haya alguien que necesite esta misma ayuda.
Muchas gracias por todo.
Con cariño:
Teresa de Ledesma.
¿Maldita
virtud?
Soy superdotada. Creo que a lo
largo de mi vida, he debido de decir esto, únicamente tres o cuatro veces. La
gente común, o una parte de ella, se extrañará de que no proclame ese “magnífico
don”, pero yo estoy segura de que aquellos que se encuentren en mi situación,
me entenderán; a ellos me dirijo.
Desde muy pequeña, me ha sido fácil
estudiar, entender las cosas, era rápida y podía razonar como un niño más
mayor. Esto me ha hecho mucho más fácil la vida en el sentido académico, pero
a la vez, me ha obligado a aprender desde muy pequeña la brutalidad de la
envidia. Ser envidioso debe ser algo terrible, (vivir en continuo desazón
porque el de al lado tiene algo que tu no posees) pero ser envidiado es mucho
peor. La envidia de una sola persona puede destrozar amistades, sueños... y
creo que puedo hablar con total conocimiento a cerca de ello, pues es algo que
he vivido bastante cerca.
Los maestros están encantados
cuando les toca en clase un alumno más brillante que capta aquello que quieren
inculcarle y miman a ese niño que les hace sentirse un poco más realizado en
su profesión. Los maestros son humanos y lo hacen con toda su buena voluntad;
los niños en cambio, a ciertas edades, solo entienden de igualdad (que nadie
destaque) y de competitividad (si alguien tiene que destacar, que sea yo) y no
dudan en apartar a aquel compañero que sobresale o se interpone.
He pasado por tres colegios
distintos y en dos de ellos, he sufrido por los demás. Porque no querían
comprender que por entender mejor las cosas, no eres un bicho raro, porque no
podían soportar que tú sepas eso que los demás no, que tú adores leer, si,
pero te encanta divertirte, que sirvas para algo más que para soplar respuestas
o hacer una redacción de última hora.
He llorado mucho por ser
inteligente, he renegado de ello y me he sentido completamente incomprendida por
mis amigos (o lo que yo creía que eran mis amigos) y estoy segura de que esto
es el pan de cada día para muchos de vosotros, que como yo, os habéis
preguntado si merece la pena ser superdotado.
Bien, sólo tengo 16 años, pero
creo que puedo daros una respuesta: Por supuesto que merece la pena. ¿Cambiarías
la posibilidad de en un futuro, poder hacer lo que quieras sin esfuerzo?, ¿Cambiarías
todas esas horas de menos que necesitas para estudiar, tu facilidad para
entender... por ser igual que los demás?. Ser inteligente, no es una “maldita
virtud”, es un “estupendo don”
con el que vas a vivir toda tu vida y que te la va a hacer mucho más fácil. Y
si ahora no te aceptan tus amigos, no te preocupes, pues esos no son tus amigos.
Pronto encontraras a esas personas que realmente te querrán
tal y como eres: Una persona con mucha suerte.
Así que
¡¡¡¡ acéptate y aprovéchalo
!!!!